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25 de agosto de 2019

Locales

El regreso

19/07/2019

Quien entre a la ciudad por la ruta del cementerio puede reconocerla casa de los Montalvo, frente a la vieja estación del ferrocarril. Un palacete de ladrillo a la vista y altillo con unas estatuas de la familia sobre el arco de la puerta de entrada. Las figuras de la madre y el padre todavía están allí, pero las hijas fueron arrancadas quedando sólo los zapatos.

Antes de que la casa se vacíe por completo, los vecinos encontraban cada mañana a las hijas de los Montalvo sentadas en el zaguán de la residencia. Un vestido negro desde el cuello hasta las rodillas, zapatos de igual tono, y el rostro empolvado de blanco más redondo que la luna. Hasta que sus máscaras desaparecían en la noche, las hermanas Ilda y Belén parecían rumiar con la mirada en el horizonte la llegada de un suceso demasiado trascendente para lo que puede ofrecer un pueblo. 

El tren llegaba cada lunes, y recuerdo cómo de niños oíamos el gemido de la locomotora y volábamos en bicicleta rumbo a la estación, colocábamos sobre los rieles tapas de gaseosa y de refresco para aplastarlas y así jugar a las figuritas, y de regreso pasábamos por la puerta de la casa. Nos gustaba sentir primero el vértigo del tren, luego la nieve y el misterio destilado por las gemelas. 

Con los años y semejante a un árbol de metal, el ferrocarril amplió sus ramales multiplicando pueblos, cartasy enamorados venidos de otros lugares, vendedores de artesanías en madera y girasoles, además de otros niños pertenecientes a ciudades más grandes y que en lugar de colocar tapas sobre las vías colocaban monedas.Ya después, de más grande y trabajando como cartero, supe de una carta que semana a semana llegaba para los padres de las gemelas a quienes el pueblo había enterrado en el olvido y también, por la letra de Ilda cuando nos firmaba el certificado de entrega, que ellas mismas escribían las cartas para sus padres. Viajaban a la ciudad más próxima, metían la carta en un buzón, y regresaban a su casa para recibirla.

Pero cierta vez el gobierno anunció el cierre de los ramales, el tren desapareció, con la interrupción de las arterias los pueblos fueron secándose hasta quedar cubiertos por algo semejante a una sábana de polvo, y las gemelas siguieron ahí en la puerta.

Amedida que el tren se perdió, las visitas comenzaron a verse como un suceso maravilloso, regulado por la lentitud de un pueblo que poco a poco se iba quedando sin combustible para las ilusiones, tan semejante a esa canción que chorreaba de la flor del megáfono en el bar El Abrojito, allí donde los hombres evocaban la juventud, entre la dulce nostalgia pueblerina y el humo del cigarro. 

Nunca me interesó la vida de nadie. Crecí de espaldas a las infinitas versiones que en un pueblo se construyen sobre una misma persona. Me criaron con la idea de que antes de mirar para afuera es preferible observarse a sí mismo, y mi trabajo hizo el resto. Antes de aprender los nombres de las calles, los carteros sabemos que una persona es igual a un destino, y ambos no superan la importancia anónima de las palabras. Lo cierto, es que mi curiosidad por las cartas terminaba en el gordo billete que Ilda me extendía al devolverme el bolígrafo.

Yo levantaba la mano, les mostraba la carta, y esperaba su sonrisa para entrar al patio delantero, velado por rosales que cubrían las ventanas. Entregaba la carta y las hermanas me despedían con la misma sonrisa. En más de una década trabajando como cartero, jamás pude oír la voz de esos rostros petrificados, tan parecidos al Monumento a la Madre que se levanta en la plaza frente a la iglesia, único lugar visitado por las hermanas cada domingo de misa.  

Nadie recordaba el día en que Ilda y Belén habían aparecido en la puerta del zaguán. La rutina las había convertido en esas muñecas de porcelana colocadas en algún lugar olvidado de la casa, y desde la calle se observaban cuervos muertos flotando en los ojos de las gemelas. Aunque de cerca demostraban lo contrario: podían verse pájaros a la espera de volar. 

Las gemelas se peinaban con la misma dureza. Una raya al medio descubría la frente amplia dejando caer el pelo negro hasta los hombros donde se hundía una cabeza sin cuello. La obligación de usar zapatos más pequeños que sus pies fue torciendo el modo de andar, con el andar el carácter, y la sombra del encierro eclipsó en las hermanas la manera de observarse. Habían nacido niños, pero desde muy pequeños los habían vestido como niñas. Fugitivas del ojo de Dios que gobierna cada pueblo, la vida de Ilda y Belén había transcurrido en el patio trasero, aunque tampoco se sabía si la casa tenía patio. No existía registro acerca del hospital donde habían nacido ni si habían ido al colegio. Las hermanas estaban allí desde siempre, y el ritual de usar los mismos vestidos las había detenido en el tiempo de las ceremonias, donde el pasado se confunde con el presente y el presente con el futuro. 

Pero no sólo las hermanas oficiaban en el pueblo de mimo o estatua. La costumbre era la madre del olvido, y esto explicaba por qué el juez de paz era el mismo desde hacía medio siglo. Nadie sabía qué decisiones tomaba sobre la vida de las personas. Para el pueblo era lo mismo estar que no estar, y a cambiar era preferible morir. La rutina licuaba historias y generaciones, los cuerpos circulaban en un tiempo que se plagiaba a sí mismo; dos partidos políticos disfrazados de antagónicos se alternaban en el poder transformando el escenario gubernamental en un burdo teatro en miniatura, y del otro lado de la carretera, en un viejo restorán abandonado, una lucecita roja atraía cada noche a los maridos furtivos que se divertían pasándose a las señoritas. Ninguno se interrogaba por la historia de esas mujeres con las cejas afeitadas por la depresión y delineadas luego con un carboncillo, durmiendo amontonadas en un mismo cuarto la eterna noche alejada de sus hijos. 

De la infancia rota a la adultez oscura, la educación ejercida en el silencio fue apagando los sonidos llegados de la calle. La imagen de Ilda sobre Belén y de Belén sobre Ilda reflejaba el mundo interno que se fue achicando hasta desaparecer en el universo de la familia, reduciéndose a un haz de luz atrapado entre las manos de dos hermanas que dormían en la misma cama, con la luz encendida sin quitarse una prenda, y por las mañanas se pasaban la plancha con la ropa puesta. Así lo observé una mañana durante los últimos días de una jornada invernal que obligó a las hermanas a permanecer adentro. Los sobres no pasaban por debajo de la puerta, y rodeé la casa en busca de una hendija en las ventanas laterales. 

Lo primero que me llamó la atención fue la ausencia de muebles y espejos, salvo una estufa saturada de papeles y sobres convertidos a cenizas, y un sofá sobre una alfombra ocultando el sótano. Ellas mismas deberían hacer de espejo al momento de afeitarse y para evitar la barba, vestirse y desvestirse juntas. Sobre la cama matrimonial que sería de los padres observé a las hermanas frente a frente. Tenían las manos tomadas a la altura del pecho murmurando un rezo con los ojos cerrados, y durante las sucesivas noches en que visité los alrededores de la casa con intención de espiarlas, Ilda y Belén bajaron al sótano con dos platos de comida. Entonces lo supe: las hermanas no hablaban ni se conectaban con el exterior porque su mundo se encontraba allí abajo. 

Las escuchaba discutir en el cuarto, bajar, y de inmediato oír gritos, como de dos hombres maltratando a otras personas. Esto duraba unos minutos, empezaba con preguntas y terminaba en llantos y suplicios. Ilda le pedía a Belén con voz ronca que trajera el palo y Belén obedecía. Luego subían, cubrían la puerta del sótano con la alfombra, y Belén le preguntaba a Ilda con la cara entre las manos, cuándo terminaría aquella pesadilla, cuándo podrían quitarse el vestido y salir a la calle. Su hermana la abrazaba por el cuello y la besaba en la cabeza. Pero Belén lloraba con hipos hasta perder la voz y entonces Ilda la llevaba de la mano hasta la cama donde se quedaban abrazadas con la luz prendida. En ocasiones Ilda se levantaba y volvía a bajar con el palo, empezaban nuevamente los gritos, y Belén con los ojos cerrados y el dedo en la boca, gemía hasta orinarse. 

Las hermanas sabían que el pueblo, acostumbrado a verlas embalsamadas en el zaguán, jamás les perdonaría quitarse el vestido. Pero más profundo aún, el problema era interno y se encontraba allí, en el sótano de la familia. Ya habían recorrido el largo peregrinar de las cartas, además de los rezos en la iglesia y comprobado que los problemas no se resuelven con palabras. Nunca conseguirían el permiso de sus padres para quitarse el vestido, y Belén se lo gritó a Ilda una noche en el centro de la sala. Comparado con aquella cárcel, el cabaret era un hogar de niños. Allí podrían desaparecer por un tiempo, harían lo que fuera. El silencio de los hombres las mantendría en el olvido y a los pocos meses aparecerían en el pueblo como recién llegados. 

Así ocurrió una mañana, luego de llevar las cartas durante semanas sin encontrar a nadie en el zaguán de la casa. Asomaron detrás de las vías, en uno de mis recorridos en que repartía cartas por la periferia. Me saludaron con la sonrisa de cuando me devolvían el bolígrafo y extendían el billete, el gesto seco de los machos acodados en El Abrojito, dándole la espalda al amor y a la luna para de inmediato perderse tras la pendiente levantada por el paso del ferrocarril. Días después fue que desaparecieron las figuras de las hijas de los Montalvo de la puerta de entrada a la residencia, quedando sólo los zapatos.

Fernando Bianchi

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