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El asesinato de Facundo Quiroga y el mito que hoy perdura

20/02/2009

Por el Dr. Marcelo Viera

Juan Facundo Ouiroga nació en la provincia de La Rioja en 1788, hijo de un estanciero a quién acompañó a conducir sus tierras a partir de los 16 años. Luego de un breve paso como voluntario por el Regimiento de granaderos a caballo, en Buenos Aires, regresó en 1816 a La Rioja, donde participó activamente en el ejército del norte que luchaba contra los españoles, incluso proveyéndolo de ganado y tropas.
En 1820, al asumir el cargo de jefe de las milicias de Los llanos comienza su nombre a sonar cada vez con más fuerza no solo en su provincia sino que su estirpe repercute en todo el país. Asumió como gobernador, aunque sólo fue por tres meses, pero en los hechos continuó siendo la suprema autoridad riojana.
El sueño de Facundo era ver su patria organizada jurídicamente y si bien no era un hombre de letras sabía perfectamente cual era el rumbo que debíamos tomar como país.
En 1824 se produjo su ruptura con los unitarios porteños y junto a los otros gobernadores se opusieron a la política centralista de Bernardino Rivadavia que como no podía ser de otra manera culminó con la sanción de la Constitución unitaria, lo que provocó el levantamiento en armas contra el régimen que pretendían los “iluminados porteños” a espaldas de las aspiraciones de todo el interior de nuestra patria.
Caído el gobierno de Rivadavia por impopular y antinacional, Quiroga apoyó el efímero intento de federalizar el país propiciado por Dorrego, quien fusilado por Lavalle a instancias de los unitarios, volvió a encender la mecha de la guerra civil que se venía gestando desde 1820 por no encontrar la persona que llevara adelante el sueño de San Martín y Facundo se convirtió entonces en figura destacada del movimiento federal y, en el interior, enfrentó a las fuerzas unitarias del General Paz quien en su libro “Memorias” describe al “Tigre de Los Llanos”, como lo llamaban amigos y adversarios.
Su principal anhelo era convocar un congreso constituyente para formar la estructura orgánica de una república federal y reunido con su amigo Juan Manuel de Rosas establecieron las pautas de lo que faltaba aún para la organización constitucional.
Durante el gobierno del Dr. Manuel Vicente Maza, y ante la gravedad que estaba teniendo el conflicto surgido entre las provincias de Tucumán y Salta es que se lo comisiona a Facundo Quiroga en una gestión mediadora dado su prestigio y por el peso que tenía su opinión principalmente en el norte argentino.
El 18 de diciembre de 1834, Facundo emprende su extenso viaje y junto a Rosas se dirigen hasta Luján y llegan a la “Estancia de Figueroa”, próxima a San Antonio de Areco. Es allí donde conversan los dos generales por última vez y convienen en que Quiroga partirá a la madrugada y en que Rosas le enviará un chasque con una carta política. Es la famosa “Carta de la hacienda de Figueroa”, lo que constituye un notable documento doctrinario, que basta para mostrar el gran estadista que era Rosas que comienza citando las agitaciones que existían en las provincias y los planes de los unitarios que retrogradaban la patria, alejando el día de la constitución ya que ese estado anárquico constituía el mejor argumento de prueba sostenido que hasta que no se vigorizara las provincias para cultivar sobre éstas la base de la organización nacional era una inútil tarea como la de los unitarios que fracasaron por haber dictado una constitución sin tener en cuenta el estado ni la opinión de las provincias, que la rechazaron enérgicamente. El congreso que alguna vez se elija “debe ser convencional y no deliberante; debe ser para estipular las bases de la unión federal y no para resolverla por votación”. En estas palabras de Rosas está todo el sentido realista y práctico de su política, tan opuesto al doctrinarismo romántico y libresco de sus enemigos. “Las atribuciones que la constitución asigne al gobierno nacional deben dejar a salvo la soberanía e independencia de los estados federales”. El gobierno Nacional, en una república federativa, no une a los pueblos, los representa unidos ante las demás naciones. La organización nacional se basa en la soberanía e independencia de los Estados. “Si no hay estados bien organizados y con elementos bastantes para gobernarse por sí mismos y asegurar el orden respectivo, la república federal es quimérica y desastrosa”. Primero, pues, orden, paz, unión y organización interna de cada provincia. Y luego, organización y constitución nacional. Pero es preciso empezar por destruir los elementos de discordia, por terminar con el Partido Unitario. “Esto es lento, pero es preciso que así sea; y es lo único que creo posible entre nosotros, después de haberlo destruido todo y tener que formarnos del seno de la nada”.
Esta carta fue hallada manchada de sangre entre los restos de Facundo y hoy se encuentra en el Museo Nacional de Buenos Aires.
Corría el 16 de febrero de 1835 en Barranca Yaco, y la galera en que iba Quiroga es rodeada por una partida armada al mando del capitán Santos Pérez. Al verla, Quiroga saca la cabeza por la portezuela y pregunta: “¿Qué significa esto? Acérquese el jefe de esta partida”. En ese instante recibe un balazo en un ojo que lo deja muerto y al igual que todos los que lo acompañan, son bárbaramente sacrificados y saqueados, y sus cadáveres arrojados en un bosque cercano. Así acabó la vida de Facundo Quiroga; víctima de una temeridad sin ejemplo, justo cuando según sus propias declaraciones se preparaba a ejercitar su influencia en el interior para trabajar la organización constitucional de la República. Por supuesto que la “historia oficial” le pretendió atribuir a Rosas la participación en el asesinato, por ejemplo Sarmiento, que fue durante quince años el batallador contra el gobierno de Rosas dice en su libro “Facundo” que “la historia imparcial espera todavía revelaciones para señalar con su dedo al instigador de los asesinos”. De más esta decir que si hubiera tenido la mínima prueba hubiera acusado directamente sin vacilar.
Cuando lo mataron, el mito de Facundo era mucho más importante que la persona del general Quiroga. Por eso el mito siguió viviendo muchos años en la imaginación ferviente de sus paisanos que fueron testigos que hizo cuanto pudo para ver constituida su Patria a la manera que él la concebía. Y cuando debió luchar, peleó con alma y vida, como un demonio. Ciertamente el Tigre de los Llanos fue un hombre excepcional y su vida también lo fue.
Su recuerdo sigue aún vigente en los llanos de La Rioja, donde perduran las leyendas que en su tiempo contribuyeron a conformar el mito: “el general no dormía nunca”, “el general leía el pensamiento”, “al general no se lo podía engañar”, “el general no estaba muerto sino escondido en los reinos de arriba”.
Sin titubeos, Facundo, fue y será un elegido de nuestra historia que perdurará por siempre en la memoria de todos los que buscamos las verdades del pasado para entender la realidad del presente, porque hay un célebre principio que dice: “La historia es la política del pasado y la política es la historia del presente.”

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