Cultura
22 de julio de 2026 11:30:00
Por José María Iarussi
Cuando el niño se apropia de la lectura se siente poderoso. Ya no necesita un interlocutor, alguien que le cuente una historia. Puede tomar un libro y leer un cuento por sí mismo o, más aún, descubrir que esa posibilidad de leer un mundo cargado de mensajes lo convierte en un ser independiente.
Tiempo después, cuando la infancia es invadida por un ejército de hormonas descontroladas que le transforman el cuerpo y su lógica de movimientos, querrá que su mente sea capaz de descifrar aquello de lo que todos se ríen o se enojan, pero que no está en la superficie de lo que lee.
Entonces, una vez que se apropie de esa última herramienta que le permita descubrir que «lo esencial es invisible a los ojos», encontrará en la literatura una fuente inagotable de saber.
Antes que profesores de Literatura debemos ser lectores. Sin esa pasión que nos anime cada día a enfrentarnos al desafío de un nuevo texto, será imposible inspirar a nuestros alumnos a leer literatura.
No dejo de decirles a mis alumnos que, en los distintos estudios que he realizado a lo largo de mi vida, la literatura ha sido un lugar de nutrición intelectual y sentimental. Ha poblado mis trabajos prácticos, mis pensamientos y mis escritos. No hay nada de lo vivido por el ser humano -sus debates, sus preguntas existenciales, sus triunfos, sus derrotas, sus perversiones y su bondad- que no esté reflejado en una novela, un poema o una obra de teatro.
Leer literatura es, por sobre todas las cosas, viajar al fondo del ser humano.
Los hechos que se narran en un cuento son las noticias transformadas por la imaginación; lo que se expresa en una poesía es la posibilidad de dar identidad a los sentimientos; la obra de teatro intenta representar la comunicación humana. Pero ninguna de esas formas de mímesis tendría sentido si la obra literaria no interrogara al lector.
¿Qué aporta la literatura?
Suelen preguntarme alumnos de modalidades distintas a la de Arte:
-Profe, ¿para qué me puede servir un texto literario en mis estudios de Medicina, de Ingeniería o de Técnico Agropecuario?
Entonces les respondo que, aun en el estudio de una carrera y en el ejercicio de cualquier profesión, dejar entrar a la literatura lo cambia todo.
En primer lugar, les digo que la literatura es el fruto de una necesidad profundamente humana: la necesidad de contar. Desde que nacemos hasta el último día de nuestra vida contamos historias para otros y para nosotros mismos. La literatura nos brinda herramientas para mejorar nuestro relato, para descubrir que un mismo acontecimiento admite infinitas maneras de ser contado.
Les digo:
-Imagínense siendo médicos y teniendo que comunicarle a un niño que padece una enfermedad terminal. Allí estará la literatura para acompañarlos. No para ficcionalizar lo que le ocurre, sino para enseñarles cómo decirlo; si conviene hacerlo de una sola vez o por capítulos, como en una novela.
Somos, aunque cueste reconocerlo, seres literarios. Personajes de nuestra propia historia; protagonistas de la historia de nuestros afectos; personajes secundarios en la vida de nuestros vecinos; villanos cuando nos equivocamos; héroes cuando salvamos a alguien o simplemente ofrecemos nuestro hombro para que otro pueda llorar.
Somos seres literarios que releemos nuestro pasado. Somos escritores de nuestro presente y constructores de futuros inimaginables.
La literatura habita en nuestra esencia de contar y en nuestra necesidad de trascender. Somos literatura leída por otros; literatura que desea ser llevada al refugio de un abrazo o de un beso, pero también literatura que puede aburrir o incluso ser odiada.
Otro alumno pregunta:
-Profe, ¿cómo hago para resolver un ejercicio de Matemática con literatura?
Entonces la sonrisa comienza a ganar el aula, porque parece que me hubieran puesto en una encrucijada: «Para eso no hay literatura que valga».
Me quedo en silencio durante un buen rato.
Creo suspenso, como un autor de novelas policiales. Los hago pensar que, esta vez, le han ganado al profesor de Literatura; que no hay respuesta posible; que la literatura no sirve para todo.
Crece la tensión en el aula. Pienso que mi respuesta debería contener algo revelador, algo que salve a la literatura universal. Pero no somos dioses ni iluminados. Somos seres humanos frente a otros seres humanos, buscando respuestas para vivir.
Entonces apelo a esa habilidad que todo docente debe esgrimir cuando siente que está entre la espada y la pared.
Digo:
-Se me ocurren un montón de respuestas para resolver con literatura ese problema matemático. Pero creo que tengo una idea mejor. Veamos...
Tomo una tiza -o una fibra- y escribo en el pizarrón un ejercicio:
2x + 5 = 3
Debajo agrego dos preguntas:
¿Cuál es el valor de x?
¿Cómo podría resolverse este problema desde la literatura?
-Bueno, es hora de pensar. Ustedes en sus carpetas y yo en mi cuaderno. Tenemos media hora para resolver el problema que nos planteó Agustín.
Después de los inevitables «eso no vale» o «es muy difícil», llega la calma. Todos comienzan a discutir con sus compañeros la manera de resolverlo desde la literatura. Y yo estoy seguro de que podrán hacerlo. Se los digo cada vez que se enfrentan a un desafío nuevo.
Más tarde llegará el momento de contarles que la literatura los ayudó a pensar, a escribir con coherencia, a ejercitar la imaginación y la creatividad. No fue un texto en particular el que resolvió el ejercicio, sino la experiencia de haber leído literatura.
Retomo ahora el título de este capítulo. Retomo también una idea que tantas veces hemos conversado con las profesoras Silvina Castellanos y Pompeya Luna: los docentes debemos escribir nuestras prácticas, narrar nuestras experiencias como pequeñas teorías de lo cotidiano.
Creo profundamente que la literatura es una fuente inagotable de saber. Si logramos que nuestros alumnos se apropien de ella y se apasionen por la lectura, les estaremos dando una herramienta para sus estudios, pero, sobre todo, para la vida.
Si tuviéramos el tiempo de detenernos y tomar fotografías -no de nuestros cumpleaños o de nuestras fiestas, sino de nuestros momentos de lectura- descubriríamos que, en esos instantes de lectura íntima o compartida, nuestro ser cambia, se transforma, sonríe, llora y se enoja. La lectura siempre nos interroga; nos coloca frente al debate y a la pregunta existencial.
La lectura de literatura nos desnuda, nos eleva y nos arroja al vacío más profundo en cuestión de segundos.
Nos enseña que existen otras culturas, otras ideas, otras formas de entender la bondad y la maldad; un pasado que no conocimos, un presente que se desvanece y un futuro, utópico o distópico, esperándonos a la vuelta de la esquina.
La lectura de literatura no resuelve problemas matemáticos ni físicos, pero construye puentes indestructibles que, además de conectar espacios, unen épocas, personas y emociones.
La lectura de literatura no nos engendra ni nos lleva en su vientre, pero nos amamanta para aprender a soñar.
La lectura de literatura, simplemente, nos ayuda a vivir.
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