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Calzados D'Annuncio: un oficio que se apaga tras tres generaciones y una historia marcada por el trabajo artesanal

Durante décadas, el oficio del zapatero fue sinónimo de dedicación, paciencia y trabajo artesanal. Lustrar zapatos, estirarlos cuando apretaban, cambiar las clásicas tapitas de los tacos de mujer o hacer una media suela con clavos era parte de una rutina cotidiana que hoy parece lejana. Con el paso del tiempo, los materiales, los hábitos de consumo y la forma de trabajar cambiaron, y ese rubro fuerte que supo tener su lugar en cada barrio comenzó a desaparecer.

14 de enero de 2026 08:35:00

Pablo D'Annuncio es la tercera generación de una familia dedicada a la zapatería. Su historia comienza mucho antes de que él tomara las herramientas, allá por el año 1935, cuando su abuelo Roque D'Annuncio empezó a dar sus primeros pasos en el oficio.

"Mi abuelo comenzó en el año 1917 con 10 años, en la esquina de Marino Roldán y avenida Mitre, donde hoy está la Plazoleta. Antes había una zapatería. Empezó como cadete con Sorrenti, limpiando y lustrando botas. A los 18 años ya se puso su propia zapatería", recuerda Pablo.

Con el tiempo, el emprendimiento familiar creció. Pasaron por avenida Libertad 176, donde no solo se arreglaban zapatos, sino que también se vendían, ya que el propio Roque los fabricaba. Allí llegaron a ser cuatro personas trabajando a la par. En 1987 se trasladaron a la calle Rivadavia, donde permanecieron durante muchísimos años y vivieron la etapa de mayor esplendor del rubro.

Luego continuó su padre, Luis, y más tarde se sumó Pablo, quien hoy sostiene el legado familiar prácticamente en soledad.

"Tenemos una trayectoria muy grande. Hoy en día soy el único que está abierto al público cumpliendo horarios, pero la realidad es que ya no es un rubro para vivir. Siempre hago otros trabajos ajenos a la zapatería porque no rinde. Hoy lo fuerte es coser o pegar, y la mayoría de los arreglos son zapatillas, porque sale más barato arreglar que comprar otras nuevas".

Pablo explica que el oficio perdió gran parte de su esencia artesanal. Las herramientas de antes ya no se usan, no porque no sirvan, sino porque los materiales actuales no lo requieren.

"Se terminó lo artesanal de hacer la media suela, los taquitos con clavitos toda la vuelta. Antes llevaba tiempo y era un trabajo muy fino. Hoy las suelas son de goma: se arranca todo y se pone una nueva. Se usan parches, se pega o se cose, y listo".

La necesidad de subsistir lo llevó a ampliar el abanico de arreglos.

"Ahora arreglo mochilas, valijas, carteras, pelotas de fútbol o vóley. Antes eso no se hacía porque el tiempo no alcanzaba, había mucho trabajo de zapato. Hoy, si no diversificás, no se puede vivir de este rubro".

El cambio comenzó a sentirse con fuerza hace unos 14 años. Donde antes se hacían 25 pares diarios de cambios de tapitas de tacos de mujer, hoy se arreglan unas 20 zapatillas, con trabajos mucho más simples y rápidos.

"Antes el pegamento tenía su tiempo de secado, después había que lijar toda la vuelta para dar color. Hoy el arreglo prácticamente se hace solo. Las pelotas ya no vienen cosidas, vienen termoselladas, lo que también facilita el arreglo".

La nueva generación, asegura Pablo, prácticamente desconoce el oficio.

"Los clavos que usábamos se están oxidando, el cuero que comprábamos para arreglar zapatos quedó guardado. La calidad de las zapatillas tampoco es la misma: vienen nuevas, con tres meses de uso, y ya se despegan o se rompen. Antes los zapatos te cansabas de usarlos".

Pensando en el futuro, Pablo es realista.

"En unos cinco años ya me jubilo. Mis hijos no pueden seguir con esto. Les enseño para que conozcan el legado, pero tienen que dedicarse a otra cosa. Hoy hasta cobrar se vuelve difícil: por dos costuras a veces no quieren pagar".

Aun así, recuerda con orgullo los años en que el esfuerzo valía la pena.

"Cuando estaba en Rivadavia éramos cuatro trabajando a pleno. Pude comprarme un auto 0 km y cambiarlo con el tiempo. Siempre trabajando, incluso en paralelo en la fábrica Chárrua".

El cierre de la charla deja una sensación de nostalgia.

"Es una pena que se vaya perdiendo lo artesanal. Tengo un amigo en la zona de Chajarí que me cuenta que tiran zapatillas con poco uso porque no hay quien las arregle. El oficio se va apagando".

Más allá de la historia y del trabajo, quienes pasan por Calzados D'Annuncio destacan algo que no se pierde con el tiempo: "Pablo es una persona amable, siempre dispuesto a explicar, escuchar y dar una mano, como los zapateros de antes".

Una historia que habla de trabajo, de identidad y de un oficio que, lentamente, se va quedando en el recuerdo.

mafiorentino@elfenixdigtial.com

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