Cultura
Por: Florencia Menna
29 de octubre de 2025 09:40:00
Hoy
quiero contarles la historia de juventud de mi padre y, posteriormente, la mía,
y de cómo ello marcó el curso de nuestras vidas.
La idea es que, a través de lo que
les comparta, usted, querido lector, se vea -o no- reflejado en una situación
similar que haya dejado huella en su vida.
Como
bien saben, mi padre nació en Italia y, luego de la Segunda Guerra Mundial,
vino a la Argentina con su familia.
Le encantaba la música, y el
director de la banda municipal de su pueblo, Chieti, le había dicho a su padre
(mi abuelo) que lo dejara integrar la banda, ya que era muy bueno tocando la
trompeta. Pero mi abuelo se negó: debía ayudar a la familia recolectando papas
en el campo. Aquello desilusionó profundamente a mi padre y podría decirse que
terminó de romper la poca relación que tenía con él.
A
los 25 años, luego de haber hecho el servicio militar con el ejército de los
Alpinos, llegó a la Argentina. Mientras la familia se iba acomodando y
encontrando trabajo, sus hermanos salían a los bailes, se divertían, fumaban y
bebían, en fin, lo que cualquier joven haría. Pero mi padre veía eso como una
distracción innecesaria. Prefería quedarse en la quinta de mis abuelos, lo que
solía generar tensiones, porque siempre decía sus verdades, y a ellos no les
gustaba. Lo tildaban de aburrido, de no saber disfrutar de la vida, y le
advertían que así se quedaría solo si no salía a conocer chicas.
Sin
embargo, él sabía muy bien lo que quería: trabajar, ganar dinero y, con el
tiempo, comprarse su propia casa. Ya vería más adelante si formaba una familia
o no.
A
mí me pasó algo muy similar, y no fue adrede.
Quienes conocemos la Ley de
Atracción, las Constelaciones Familiares y otros enfoques sabemos que cargamos
mandatos de nuestros ancestros que no nos pertenecen, pero que, al haber estado
allí tanto tiempo, llegamos a creer que son la mejor -y única- manera de
movernos por la vida.
Por
lo tanto, yo tampoco "disfruté" plenamente mi etapa de adolescencia ni la del
secundario. Mientras mis compañeros salían a las tertulias o al boliche para
juntar dinero para la promoción y el viaje a Bariloche, yo me quedaba en casa
soñando con el día en que viajaría a Londres y tendría una vida allí.
Obviamente, para ellos -como para mis tíos respecto a mi padre- yo era la
aburrida, la que no conseguiría novio si no salía.
Lo
que no entendían era que yo conocía cada paso que debía dar para alcanzar ese
sueño anhelado.
Con
el tiempo, la vida nos demostró tanto a mi padre como a mí que estábamos en el
camino correcto.
Él logró un buen trabajo, pudo
comprar su casa, y más tarde construyó dos locales comerciales -siempre
pensando en el futuro-. Y, claro, llegó también esa familia inesperada que
colmó su vida.
En
mi caso, me costó un poco más de esfuerzo y de años, pero finalmente logré
venir a vivir a Inglaterra, como tanto soñaba. No fue algo que se hiciera de la
noche a la mañana: a su familia le llevó meses llegar en barco a vapor; a mí,
trece horas de avión.
En
diferentes siglos y medio de transporte, pero con un objetivo en común: ambos
cruzamos el océano en busca de un futuro mejor.
Aún
me quedan muchos sueños por alcanzar, pero si algo tengo claro es que nada de
esto habría sido posible sin la tenacidad y la perseverancia que heredé de mi
padre.
No
digo que hayamos tenido la verdad absoluta en lo que hicimos; con este relato
quiero mostrar que, a veces, la vida exige sacrificios, trabajo duro y dejar a
un lado lo que nos gusta si realmente queremos alcanzar ese propósito que nos
marcamos.
Y no para demostrarle nada a nadie,
sino para demostrarnos a nosotros mismos de qué somos capaces cuando decidimos
ir tras lo que deseamos con firmeza.
Pregunta:
¿Le pasó ser, por ejemplo, el mejor
de la clase o destacado por algo en su familia, pero no ser aceptado porque lo
veían diferente al resto?
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