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Veranos de siesta obligada

Por: Florencia Menna

4 de febrero de 2026 09:01:00

Cuando veraneaba con mis tíos en el campo, la siesta no era una sugerencia.
Era una ley.

Después del almuerzo -que en el campo llegaba temprano, alrededor de las once- el mundo se detenía. El enorme salón comedor quedaba en silencio, un silencio espeso, casi solemne, que contrastaba con el calor del afuera. Adentro hacía fresco, demasiado fresco para ser pleno verano. Las persianas bajadas, las voces apagadas, y esa sensación -que muchos conocerán- de injusticia absoluta por tener que dormir cuando uno no tenía nada de sueño.

Yo me enojaba. ¿A quién no le pasó?

La cocina era el único lugar que parecía respirar. Desde ahí se veía la puerta mosquitera que daba al patio, con la luz filtrándose y dibujando una línea de humo que subía desde la cocina a leña. Me quedaba mirándola, hipnotizada, como si esa imagen fuera una promesa de escape.

Afuera estaba papá, durmiendo bajo el nogal. Siempre supe que ahí se estaba mejor.

Escaparme era una aventura silenciosa. Caminaba de puntillas, esquivando el eco de la voz de mi tía que retumbaba en toda la casa cuando me descubría merodeando en horario prohibido. Afuera, en cambio, el aire corría distinto.

Estaba el tanque australiano, la bomba de agua, el colador con zanahorias recién sacadas de la huerta. Papá me ofrecía agua fresca con sus manos, directo del caño del molino. No recuerdo nada más rico que eso.

Intentaba entretenerme con las gallinas y me mantenía lejos de los cerdos -enormes y sucios- y del gallo que una vez me sacó corriendo cuando quise entrar al gallinero. Aprendí rápido por dónde no pasar.

El perro Colita acompañaba a mi abuelo. Él se sentaba en su pequeño banquito de madera pintado, armando sus propios cigarrillos, tomando mate con su equipo de siempre. Yo lo bombardeaba a preguntas hasta que se cansaba y me retaba para que lo dejara en paz.

Antes de irnos, me daba dinero a escondidas. Mamá lo descubría, él ligaba otro reto y encima tenía que devolverle la plata. Yo me enojaba. Mucho. Porque sentía que me quitaban algo que sentía solo nuestro. Y sé que más de uno va a entender ese enojo infantil.

La única gran distracción de la siesta era cuando se cruzaban del campo de al lado los holandeses: Luisito y Susana, tan rubios como nunca había visto. Con ellos jugaba. Pero también, a veces, sentía celos. Porque pasaban más tiempo con mi abuelo que yo, que era su nieta. Cosas de chicos, pero bien reales.

Adentro, la casa imponía respeto. La estatua de Rigoletto, casi de mi estatura, la bola de cristal con flores de plástico, el pasillo oscuro con paredes descascaradas color rosa viejo, que llevaba a la pieza de mi abuelo y al baño del fondo. Si me animaba a cruzarlo, lo hacía corriendo. Si no, pedía que mamá me acompañara.

Arriba de la enorme heladera estaba la casita del tiempo: salía la niña bonita si el día estaba lindo, o la vieja fea si llovía. Me quedaba esperando su veredicto, pero nunca los vi moverse.

A veces veía a papá metido en el tanque australiano, aunque tuviera hierba dentro. Yo quería entrar también, pero no me dejaban: decían que era muy hondo para mí.

Tal vez por eso recuerdo esos veranos así: llenos de silencios, prohibiciones, celos, humo, sombras frescas y pequeñas aventuras.

¡Muchas para una niña inquieta como yo a esa edad!

Una infancia hecha de siestas obligadas... y de todo lo que pasaba mientras todos dormian.

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