Opinión
Sale. No sale. Sale poco, se interrumpe y semejante a un fantasma, reaparece en madrugada cuando el pueblo duerme. Agua, es la palabra más nombrada en el transcurso de la última semana en Benito Juárez. Más que el coronavirus.
18 de enero de 2022 01:01:00
Por Fernando Bianchi
La historia, en Benito Juárez, es un dominó de contradicciones materiales y espirituales organizadas. Contradicción material: frente a la corpulenta construcción y ampliación de barrios más allá de los acostumbrados límites del pueblo, permanece bajo el asfalto una anquilosada y raquítica musculatura de red de agua. De lo contrario, ¿cómo se explica? Al menos así lo perciben, juzgan, hipotetizan y discuten dos vecinos de barrio Parque Muñoz.
-Necesitábamos el asfalto.
-No. Antes del asfalto, necesitábamos el agua.
-No, el asfalto.
-No, el agua.
Contradicción espiritual: por rogarle al cielo que descargue agua para la cosecha y por otros motivos, hace 500 años y también 150 la iglesia asesinó hombres y mujeres mal llamadas indios. Fue la iglesia, no fue Jesús. Y este pasado 11 de enero de 2022 el informativo parroquial de Benito Juárez rezó así: "Vamos a implorar la lluvia necesaria celebrando la santa misa, que es lo máximo que podemos hacer los creyentes católicos para invocar la misericordia de Dios."
Lo cierto es que ahora, y aquí, es enero, falta el agua y el problema nos iguala. Falta en calle Moreno y no hay agua en barrio Pachán; falta en Antártida Argentina y falta en Rucatún. Por orar, desde el cielo puede caer. Podemos orar con la iglesia y confiar en el municipio: no por eso brotará de las cañerías. Es más. Juguemos al optimismo y a la fe como remedio frente a lo inexplicable, apostemos a la mística como un bálsamo frente a lo irremediable (y Dios quiera transitorio problema del agua), colocando una gota de humor: es sabido que en el parque Taglioretti el agua baja lenta, en platillo volador.
Y nosotros, aquí, en el mientras tanto y en la tierra, comportándonos como extraterrestres. Cayendo en la cuenta de lo maravilloso y mágico del agua que lava, calma, cura y riega... solo cuando nos falta. Para luego, cuando volvamos a tenerla, volverla a tirar: hay gente que riega el auto cero kilómetro con la manguera abierta. Y después, los ignorantes son los pobres. Sí: en este siglo XXI problemático, de enero febril en Benito Juárez, existen seres (in)humanos que en lugar de regar las plantas riegan el auto. Un paisaje frente al cual cualquier mono del Sahara se arrancaría los pelos.
A esta lista de gente sin sangre, más que sin agua, debemos sumar a quienes llenan la pileta de, ¿4 mil litros una pelopincho?, ¿40, 60 mil litros una pileta de cemento?), y por no salir a comprar cloro cambian el agua a los veinte días: tiran el agua.
Agreguemos a esto una pérdida de un flotante de baño: 1200 litros por día a la basura. El agua es bendita y nosotros malditos. El agua, que no tiene representantes. El agua, que no tiene manos para lavárselas. El problema es transparente: los hombres pasan, el agua queda, y demanda de agua no encuentra cauce.
¿Qué sucede en Juárez, que falta el agua? ¿Somos todos igualmente insípidos, todas transparentemente culpables? Por estos días en un número considerable de barrios el agua pasa y no se queda. Son días de un milagro que es un calvario: logramos que el agua se escurra, incluso, antes de aparecer. O aparece impuntual, estacionaria. Como una novia ingrata. Tardes de sudor en que se vuelve imposible. Pero no es primavera, es verano, el pueblo arde y la gente anda caliente: el agua se corta a las ocho de la noche y regresa a las cuatro de la mañana cuando la demanda decrece. Entonces aprovechamos y lavamos a las ocho de la mañana la cocina sucia de la noche anterior. Nos acostamos sin bañarnos, o nos bañamos en la pelopincho y dejamos el lavado de la cabeza para cuando el agua regrese, lavándonos así la cabeza, recontra caliente, al mediodía. ¿Antes, o después de los platos?
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