Cultura
Por: Florencia Menna
19 de febrero de 2026 10:23:00
Días atrás, alguien me preguntó de qué trabajaba actualmente.
Le respondí: trabajo en educación especial.
Y volvió a preguntar:
-Sí, pero... ¿a qué te dedicás exactamente? ¿Cuál es la tarea que realizás?
Entonces le expliqué que mi función es la de asistente de educación. Que estoy allí para ayudar a preparar la clase del día, para asegurarme de que el aula esté en condiciones antes de que lleguen los alumnos, ir a buscarlos al colectivo que los trae y acompañarlos hasta el aula.
Que durante la clase estoy atenta a que tengan el material necesario y a que comprendan la tarea. Pero que, además, velamos por su bienestar físico y emocional, ya que se trata de niños con necesidades especiales, muchos de ellos atravesados por situaciones difíciles. Y que, si evidenciamos algo que llama la atención -como cortes, moretones o cambios repentinos y no habituales de humor o conducta-, debemos reportarlo de inmediato.
Aquí hay muchas leyes que se han ido incorporando -y que continúan actualizándose- debido a casos reales que sentaron precedente para que así fuera, y debemos atenernos a ellas.
Le conté también que, cuando estaba en el grupo de los niños más pequeños (de 3 a 5 años), se sumaba la tarea de cambiarles los pañales, así como alimentarlos si no sabían o no podían hacerlo por su cuenta.
Y que, entre otras tareas, está acompañarlos durante el almuerzo, y los días que tienen pileta, estar allí para ayudarlos a cambiarse, entre tantas cosas más.
También le expliqué que hay niños con conductas muy violentas (de 9 y 5 años), por lo que se requiere que dos personas los acompañen y contengan ante una reacción hacia algún compañero o docente. Tal es la situación que, aunque suene terrible, su propia madre teme por su vida y no se siente a salvo en su casa.
Así como hay otros casos en los que, estando el niño con fiebre (7 años), lo enviamos a su casa porque se siente muy mal y, al día siguiente, sus padres lo mandan nuevamente a la escuela -aún con fiebre- porque no quieren tenerlo en casa. Se los ve durante días y semanas con la misma ropa, el pelo enredado y desprolijo, lo que deja entrever que llevan varios días sin lavarse.
O padres que jamás asistieron a una reunión, a un aula abierta donde sus hijos exhiben con orgullo sus "obras de arte", ni responden emails ante consultas o notificaciones urgentes que deberían ser atendidas. Y otros que sí acuden (en el caso de un niño de 3 años), pero se muestran totalmente fríos, sin reacción alguna ante lo que sus hijos les muestran con tanto amor.
También está el caso de una madre pakistaní, con tres hijos con discapacidad -uno de 5 años y dos mellizos de 8-, que llegaron al país en calidad de refugiados y viven en un hotel brindado por el gobierno británico. Y que, aunque no habla inglés, se preocupa por enviarlos a clase limpios y prolijos, y nunca les falta su vianda en la lonchera.
Resumiendo, mi tarea es esa: estar ahí para ayudar, acompañar y velar por su bienestar y aprendizaje. Así como estar preparados para recibir golpes, mordeduras, tirones de cabello arrancado de raíz. Y aunque las lágrimas se nos escapen del dolor, siempre -siempre- lo más importante es que ellos no salgan lastimados. Cuestionable o no.
A lo que la persona me respondió:
-Tu trabajo no solo es sumamente interesante, sino que además hacés una diferencia en el día a día de esos chicos. Y eso es muy valioso.
En todos los trabajos, aunque no siempre lo notemos, nuestro aporte suma. Y suma mucho. Somos parte de un engranaje que mueve una maquinaria y, en base a ello, se construye una tarea, un producto o un servicio.
A veces no hay aplausos ni reconocimiento inmediato. Pero hay miradas que se tranquilizan y niños que, gracias a ese "estar", pueden aprender, confiar y crecer en un ambiente seguro, en el que se sienten a salvo, y te lo demuestran con una sonrisa o con un gracias en lenguaje de señas.
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