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Las cosas que perdimos en la pandemia

Hace pocos días terminé de leer un libro de cuentos de la escritora argentina Mariana Enriquez, "Las cosas que perdimos en el fuego". Textos que recomiendo recorrer no solo por como amalgama lo fantástico con lo real, sino porque de alguna manera la oscuridad del ser humano explota en cada página.

26 de febrero de 2021 18:02:00

Hay esquirlas que te lastiman porque reconoces en sus personajes lugares comunes y otras que te dejan reflexionando por varias horas. Nada contaré de esa docena de historias que te paralizan, te agobian y te abrazan de una manera muy particular. Quizás, en estos párrafos que siguen, haya el mismo desvarío del personaje loco que piensa en voz alta y se convierte en un trapecista sin red. Quizás, en estos párrafos que siguen, usted lector no encuentre nada o encuentre al menos una palabra o frase que lo interpele (y ya estaré hecho). Quizás, en estos párrafos que siguen, no haya más que palabras que el azar unió vaya a saber por qué o un pedacito de realidad que nos abofeteó la cara en las dos mejillas.

Falta poco

Falta poco menos de un mes para que se cumpla un año en que la pandemia nos golpeó de manera brutal. Un poco menos de un año del decreto presidencial que estableció que nos encerráramos ante la incertidumbre de un enemigo invisible que aún sigue cobrándose vidas, dejando secuelas para toda la vida o dándole vida a un miedo atroz cuando perdemos el olfato y el gusto.

En el principio de la pandemia uno creyó que ese golpe certero de la naturaleza era una bisagra, una posibilidad para que la humanidad cambiara, que viejos y malignos paradigmas cayeran de rodillas ante la solidaridad, la empatía, la cooperación. Allí, en ese encierro que emulaba el de la gran obra "El Eternauta" del guionista Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López, aparecieron las primeras palabras, que como cantos de sirena endulzaron nuestros oídos. El planeta parecía encaminarse a la cooperación, a la unión de naciones luchando contra un mismo enemigo, a la luz de una verdad científica que compartida sería la cura para todos los seres humanos. Pero el tiempo de la realidad, como el de las ficciones van mostrando la verdadera trama, los verdaderos conflictos de intereses que anticipan que no todos los finales son felices, ni todos los personajes en la historia son como se muestran.

La pandemia comenzaba a golpearnos la puerta para entrar a nuestras casas, pegarse a nuestros barbijos para que al primer descuido se metiera en nuestro cuerpo para dinamitarlo con la clara intención de matarnos o herirnos. Habíamos entrado en guerra no solo contra el COVID-19, sino también contra todos sus aliados, porque como en todo conflicto el enemigo no llega solo. El tiempo comenzó a demostrar que ese invisible virus era la punta del iceberg de un mal mayor: tropezar siempre con las mismas piedras. Atrás empezaban a quedar los aplausos para los médicos de las nueve de la noche, atrás quedaba la idea de un planeta unido sin importar el tamaño de la billetera, atrás quedaba la idea de cuidar al otro.

El cuento

Suena Yellow de Coldplay en los parlantes que tengo enfrente. Pienso hacia dónde va esta nota. Y pienso de nuevo en los cuentos de Mariana Enriquez que por estos días me resuenan en la cabeza y que recomiendo leer para entender que la esperanza como la felicidad son pequeñas fracciones de segundos que a veces nos acarician. Si no estamos atentos, si no somos capaces de sorprendernos, esas pequeñas partículas de esperanza y felicidad son caricias que pasan desapercibidas en un entorno que parece encaminarse hacia el desastre (estoy negativo, lo reconozco). Estoy doblando la curva como dicen algunos, un poco más de medio siglo de vida. Los afectos, las amistades, el cielo, la luna, la música y la literatura son balsas donde uno se sube de vez en cuando para salvarse del vendaval, de las corrupciones cotidianas, de las infidelidades de la vida. El barbijo es el profiláctico que nos protege y protege al otro. Y en medio de caras que se nos despintan por el profiláctico que se engancha en nuestras orejas, uno camina, vuelve al trabajo, a la «nueva normalidad» y asume que debe conducirse con responsabilidad para proteger al otro. Pero el cansancio, el bigote que suda, el alcohol que nos invita, el fuego de un asado, la mirada desesperante de un amigo que pide a gritos un abrazo nos hace bajar la guardia. Otra vez me viene la imagen de la guerra: un soldado que cansado de la trinchera, sucio por el barro, ve en la lluvia del cielo una esperanza del agua limpia, se saca el casco por un instante y una lluvia de balas lo hiere o lo mata. Así es esta guerra, así es esta vida. Avanzar hacia el horizonte, a veces refugiándose en trincheras, a veces poniéndole el pecho a las balas y otras escondiéndose con el miedo más atroz por los fantasmas que vuelven una y otra vez y nos atacan sin códigos por la espalda.

Ahora suena un tema de R.E.M, Everybody Hurts, en los parlantes, busco la traducción en un buscador y sus versos parecen emparentarse con las sensaciones que tengo mientras escribo. Dice los primeros versos de la canción:

"Cuando tu día es largo

y la noche,

la noche es tuya en soledad.

Cuando estás seguro de que has tenido suficiente

de esta vida, bueno, resiste.

No te dejes ir,

porque todo el mundo llora

y todo el mundo hace daño

de vez en cuando".

11.32 PM del lunes

Ahora el tema musical de la lista de Spotify, suena un tema más arriba, I'm on my way (Estoy en camino) interpretado por The Proclaimers. Me detengo un rato, me salgo de la silla, cosa que el médico me ha recomendado hacer después de un rato en la computadora y bailo solo como loco malo. Bailar siempre carga las energías, no importa cómo podemos movernos. La música emparentada con el cuerpo siempre salva de la desesperanza, envía buena energía a los amigos que necesitan sanar y como la literatura nos evade por un rato de la realidad pandémica que ha llegado para quedarse.

El tema se termina y lo vuelvo a poner una y otra vez, porque a veces una noticia como la del viernes 19, la del ministro de salud de la nación nos ahoga, nos embronca, nos paraliza. El Covid-19 busca aliados, socios que nos maten de otras formas. Uno no muere solo cuando da el último respiro, uno se muere un poco todos los días. Se muere con hechos que nos arrebatan las pequeñas y esporádicas caricias de la esperanza y la felicidad que a cada uno nos toca en la existencia. Se muere uno porque se da cuenta que hay distorsiones en este planeta, que quedan muy bien en un cuento cortazariano, en un laberinto borgiano o en los túneles de Sábato, pero que cuando son reales te roban toda ilusión de un mundo más justo y mejor. Las distorsiones alejan las caricias, el afecto, el amor.

Mariana Enriquez y su libro de cuentos "Las cosas que perdimos en el fuego" fue inspirador. Desde hace años insisto, promuevo, invito a leer literatura. Leer literatura nos abre los ojos y la mente, nos abraza de manera afectuosa y desgarradora. La literatura es un espejo que nos permite vernos de frente, pero también lo que hemos dejado a nuestras espaldas como género humano.

Ahora la pregunta que me respondo con pocas cosas y muchas emociones encontradas sobre las cosas que perdimos con la pandemia se la dejo a usted lector. Yo perdí abrazos, algunas esperanzas y utopías. La pandemia parece que empezó hace una eternidad, pero vino para quedarse por mucho tiempo. (Estoy un poco negativo, ya se lo dije ¿no?).

Subo el volumen de la música, me interno en algún otro libro y pienso que los ministros van y vienen. Al fin y al cabo, en la literatura, muchos reyes se han paseado en pelotas creyéndose elegantemente vestidos. Pero esa es otra historia, una sin barbijos, ni pandemias reales que matan humanos, afectos, amigos y vecinos.


jmiarussi@elfenixdigital.com



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